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Reír, llorar, enfadarse… Experimentar emociones es algo común en niños y adultos. Sentir miedo, también. Es normal e incluso positivo, ya que supone un estado de alerta que protege de posibles riesgos. Hay temores comunes en casi todos los niños, propios de cada etapa evolutiva, los cuales se superarán con un poco de ayuda de forma casi espontánea. Solo debemos preocuparnos si los miedos perduran demasiado o provocan un estado de ansiedad desproporcionado.

El niño, desde que nace, se va enfrentando a situaciones nuevas, a las cuales se tiene que adaptar. Cuando él considera que alguna de ellas perjudica su bienestar biológico, psicológico o social, ya sea de forma real o posible, la vive como amenazante y reacciona con temor hacia ella. Esto, en muchos casos, ayuda a evitar situaciones peligrosas, como, por ejemplo, acercarse a animales desconocidos. Pero otras veces, se trata de una reacción irracional e ilógica a cosas inocuas o fruto de su imaginación. No desesperemos, los temores infantiles forman parte de su desarrollo normal, pero habrá que ayudarle a afrontarlos y a superar aquello que le asusta. Generalmente, si se tratan de forma correcta, desaparecerán con el tiempo, pero si no es así, pueden llegar a convertirse en fobias o prolongarse hasta la madurez

A pesar de las diferencias individuales, parece haber unos miedos más comunes que otros. Durante el primer año, lo que más los sobresalta es la pérdida de sustentación, los ruidos fuertes, los extraños y separarse de sus padres.
A partir del segundo año, descubren que hay animales que les pueden hacer daño, que no les gusta la oscuridad, que se angustian cuando se hacen alguna herida y que los asusta lo desconocido. Por ello, siguen sin querer separarse de los padres.
Con 3 y 4 años sus miedos se hacen más patentes. Su imaginación les juega malas pasadas y elucubran acerca de los monstruos que se esconden en la oscuridad o tras los disfraces y las máscaras, por lo que suelen despertarse por las noches e ir en busca de sus padres. También los asusta el daño físico y aparece el miedo a los fenómenos naturales (truenos, viento, terremotos).
Al llegar a los 5 y 6 años, mantienen el miedo a separarse de sus padres, a los animales, a la oscuridad y al daño físico, pero además se suma el miedo a seres malvados (ladrones, secuestradores) y personajes imaginarios (brujas, fantasmas, el “coco”, personajes de dibujos animados). Tampoco les gustan los médicos, sobre todo si llevan bata blanca, y los preocupa la enfermedad y la muerte.

El niño de 7 y 8 años sigue teniendo miedo a la oscuridad, a los animales y a los seres sobrenaturales, y añade su temor a hacer el ridículo por la ausencia de habilidades escolares, sociales o deportivas. De 9 a 12 años disminuye su miedo a la oscuridad y a los seres imaginarios, pero ahora son especialmente sensibles al colegio (exámenes, suspensos), a la aceptación social (integración en el grupo, aspecto físico), a la soledad, a la enfermedad y a la muerte.